sábado, 5 de febrero de 2011

Blanco y negro

En mayo o junio de 2005... sucedió de nuevo: un altísimo funcionario del gobierno mexicano de aquellos ayeres (para más señas usa botas vaqueras y hoy ya es ex presidente), externó una más de las inocentes barbaridades orales a las que nos tuvo acostumbrados, tanto a propios como a extraños, durante su mandato.

‘Nuestros compatriotas y compatriotos se van a los Estados Unidos a realizar trabajos que ni los negros quieren hacer’.

Digo, quizá no sea textual la cita, pero el concepto sí lo es.
Si hubiera dicho...‘a realizar trabajos que ni los americanos quieren hacer’, no hubiera pasado absolutamente nada.
Si hubiera dicho…‘que ni los de casa quieren hacer’, todo seguiría normal.
Pero dijo negros, no morenos; dijo negros, no prietos. Negros.
Si lo hubiera dicho en su rancho, en casita, o en la intimidad de los pinos, no hubiera pasado nada, pero lo dijo frente a las cámaras y los micrófonos, y estuvo a un tris de provocar, si no una declaración formal de guerra, al menos sí un conato informal de invasión, ya que los norteamericanos casi casi volvieron a sentir lo que sintieron el domingo 7 de diciembre de 1941, como a las 07:58 de la mañana, en Pearl Harbor, la Bahía de las Perlas... y todo gracias a la perla racial expresada por nuestro entonces primer mandatario.
Obvio, el eco de ese comentario se esparció por el mundo, como se esparcen las heces, ya secas, de los perros cuyos dueños sacan a pasear olvidándose de recoger las ‘gracias’ que sus canes van dejando a lo largo de su paseo.
Como era de esperarse, llegaron las reacciones, las presiones y el intercambio de informaciones y deformaciones en las últimas ediciones y hasta en las televisiones de varias naciones:
Que se disculpe el Presidente.
Que yo por qué.
Es que lo dijo en tono despectivo.
No, lo dijo más bien en tono deportivo, ya ven cómo es él.
Es una vergüenza nacional y un insulto internacional.
No dijo lo que ustedes creyeron que dijo.
Es un agravio para las relaciones bilaterales.
Que no.
Es una mancha en el cárdex de ambos países.
Es que se le chispoteó.

Ni hablar: como si no tuviéramos suficientes problemas internos, todavía tenemos pila de sobra para andar tentando a los demonios de la política internacional: somos los Energizer de las declaraciones, los Varta de las instituciones, los Eveready de las constituciones.

Conscientes de ello, la N.E.G.R.O. (Núcleo Especializado en la Gramática Racial Ofensiva), con sede en Blackpool, Inglaterra, organización que presiden Tostao Black and Decker Schwartzenegger, y Dark Simpson Negroponte Moreno, alemán nacionalizado portugués (el primero), y africano nacionalizado norteamericano (el segundo), de inmediato mediaron en el naciente conflicto entre las naciones involucradas, esto es, entre los descendientes de Pocahontas y los herederos de Huitzilopochtli.
Afortunadamente, las tácticas de la N.E.G.R.O. a la larga resultaron prácticas: la momentánea tensión entre ambos países recibió un extraordinario masajito con Flanax, y colorín colorado.

Palabras de Tostao Black and Decker Schwartzenegger (a quien sus novias siempre han tachado de martillo, en especial cuando bebe desarmadores) con traducción de Isidoro Lascar Nitas:

No fue fácil. Primero pensamos en eliminar la palabra 'negro' del diccionario.  Claro, al no existir, pues nadie la va a consultar, nadie se la va a aprender, y nadie la va a expresar, y como ya sabemos, el humano es un ser que olvida pronto: prueba de ello es que todavía hay mexicanos que siguen votando por el partido tricolor. Increíble.
La idea nos pareció una ideota (con e, por supuesto).
De inmediato le enviamos un atento e mail a las altas autoridades de la Real Academia de la Lengua Española, proponiéndoles la medida. Su respuesta llegó minutos después:

¡Pero si seréis pelmazos!: si quitamos la palabra negro del diccionario, en un acto de legítima réplica democrática, los negros de segurito nos piden que quitemos la palabra blanco del documento gramatical en cuestión, y si complacemos a los primeros, tenemos la obligación moral y profesional de hacer lo propio con los segundos; el problema es lo que seguiría: la reacción en cadena, hasta quedarnos sin colores, sin tonos y sin matices, para ver el mundo y el universo como esos televisores de los años cincuentas: en blanco y negro, los colores (*) pioneros del conflicto, justamente. ¿Es correcto hacerle eso a los colores? Creemos que es acentuadamente incorrecto. Ustedes nos perdonarán, pero el cielo debe seguir siendo azul; el fuego, rojo; la naturaleza, verde; las nubes, blancas; las jacarandas lilas, y el submarino, amarillo, por respeto a los Bitels, y por mencionar algunos colores tan sólo.
(*) El negro y el blanco, o el blanco y el negro, para no herir susceptibilidades en estos momentos tan críticos, sí son colores, contradiciendo lo que afirman algunos dizque estudiosos del tema; si el blanco no fuera color, mi coche blanco, nuevecito él, no se vería y todos me lo andarían choque que choque en cada esquina, en cada frenón; lo mismo sucede con el negro, que si no existiera, pues nadie lo vería y los que somos o fuimos de abundante melena negra azabache pareceríamos calvos, y no. Sin más por el momento, quedamos de ustedes...

Reconozco que no lo habíamos pensado afirmó Tostao pero los de la Real Academia tenían toda la razón del mundo; a veces, estos tíos tienen unos comentarios muy coloridos, por lo que tuvimos que enfocar nuestras baterías hacía otro lado.

Días de cavilación. Tardes de meditación. Noches de recogimiento. Madrugadas de reflexión. Crepúsculos de imaginación.

Por fin, ese examen de auto conciencia rindió sus frutos, mismos que deseamos compartir, desgajar y desgranar con todos ustedes, por si por ahí se encontrase alguien que tuviese un pariente político, o un familiar funcionario, o un conocido en alguna secretaría, o un amigo en alguna dependencia oficial, o algún cuate influyente, o peor tantito, por si por ahí hubiera algún redactor de informes oficiales, o presidenciales... uno nunca sabe.
Una vez aclarado el punto, tomen nota, ya que creemos que este documento debe pasar de generación en generación, para evitar que momentos tan tensionantes, agresivos y bochornosos vuelvan a poner en peligro la estabilidad diplomática entre dos países (sobre todo si uno de esos países está entre el río Bravo y el Canal de Panamá), ya que de presentarse un conflicto entre los Estados Unidos y un país serio, el panorama se vislumbraría negro, ¡mil disculpas!, fue un lapsus lingüis, realmente quise decir... un panorama color betún para zapatos de charol de presentador de Premios TV y Novelas.

* En computación:
Al redactar algún documento, ya no podremos poner en negritas tal frase, o tal palabra, o tal idea, o tal cifra, o tal título: si queremos resaltar algún morfema o guarismo, de aquí pa´l real tendremos que revestirlos con 'caracteres achapopotados'.
(En la pantalla, sobre la barra de herramientas, el ícono N, de negritas, será reemplazado por el de CB, o sea, Contrario al Blanco).

*En lo familiar:
Las familias más folklóricas ya no tendrán su 'oveja negra' (ya saben: la chica de 17 que salió, primero con su galán número 1, y luego con su domingo 7;  o el tío borrachín; o el hijo punk y metódico, o el abuelo rabo verde), sino su 'oveja de albor con súbito giro de 180°'.

*En la aeronáutica:
Los aviones comerciales y militares ya no tendrán 'Caja negra', sino 'Caja Afroamericana'.

*En la música de Cri Crí:
A partir de esta fecha, y con carácter de irrevocable, el 'Negrito Sandía', composición del inolvidable Francisco Gabilondo Soler, será impresa en los CD's como 'Costeñito de epidermis con clara tendencia hacia el oscurantismo... Sandía'.
Asimismo, la otrora 'Negrita Cucurumbé', ya es 'la fiel y digna representante de la tonalidad dérmica autóctona africana Cucurumbé'.

*En el ajedrez:
Ya no primero salen las blancas y luego tiran las negras, no: salen las ausentes de color en primer lugar, y luego tiran las de ‘color de pancake quemado’ por andar uno hablando por teléfono.

*En el bolero romántico antiguo:
Desde ya, Toña 'la Negra'  será mundialmente conocida como... 'Toña, la que se asoleó media hora de más, sin bloqueador del 12'.
La canción 'Negra consentida', de Pardavé, está estrenando nombre: 'Raya de cebra (no blanca) consentida'.

*En el piano:
La teclas negras de pianos, órganos, acordeones y demás teclados, serán conocidas, o como sostenidos, o como bemoles, o como teclas del mismo color del campeón mundial de los 100 metros planos (que de seguro es negro, ¡Oops!, que de seguro es de piel mucho más, exageradamente más, exacerbadamente más intensa que la morena que lucen los lancheros acapulqueños).

*En la cantina:
Ya no le pida al mariachi que le toquen 'la Negra', porque capaz que se la tocan; mejor solicítele el 'Son del color de la boca de un lobo'.
La canción 'La puerta negra' cambia a 'La puerta color frijolitos de olla'.
De igual forma, ya no será surtida la cerveza 'Negra' Modelo en los bares y tugurios de las grandes ciudades, por lo que habrá que solicitársela así a su mesero de confianza: 'Danny, tráeme una Modelo bien sombreada'.

*En la sociedad mexicana:
Los poquísimos pobres y miserables que aún hay en México (según los registros oficiales), hacinados en las faldas de algún cerro cercano y que no tienen acceso a los televisores de color, tendrán que ver su programación no en blanco y negro, sino en 'blanco y color pastel de chocolate macizo'.

*En la política:
Hoy resulta muy difícil meter 'mano negra' en los procesos electorales del país, sean federales, estatales o municipales. Mas, si por azares del destino se volviera a presentar esta tramposa costumbre de inequívoca esencia priísta, será conocida como 'mano color tono de corbata obligatoria para asistir al velorio del señor padre de un altísimo funcionario del gobierno mexicano que se nos adelantó en el viaje'.

*En la suerte:
Ya nadie podrá tener 'negra suerte' (ejemplo: usted tiene que escoger 99 pelotitas de 100 y meter las 100 en una urna; una vez hecho esto, un muchachito o muchachita le dará 10 vueltecitas a la urna, para que las pelotitas de mezclen entre sí; entonces detendrá la urna y meterá su manita en ella, hurgará un minuto, y habrá de sacar una bolita; si la bolita seleccionada muestra uno de los 99 numeritos que usted eligió, ya ganó usted 10 millones de dólares, pero de seguro, si el número que usted no eligió es el 13, por chafa, por feo, por malhadado… verá cómo el muchachito o muchachita extrae justamente el número 13; eso es tener negra suerte); bueno, pues a partir de hoy uno tendrá suerte color ficha clásica de dominó bocabajo, es decir…(no lo diga, sólo piénselo y acertará).

*En el rostro:
Esos antiestéticos 'puntos negros' faciales, que al menor descuido nos dejan la cara como promoción de pizza Domino's 'Extravaganza' con doble ración de champiñones y carne molida, serán conocidos como... 'puntos del tipo carbonoide'.

* En la historia policiaca mexicana:
El malogrado 'Negro' Durazo, fallido morador del primer Partenón azteca, ambos de infausta memoria, será recordado, per sécula seculorum, como Arturo, 'el antónimo absoluto del blanco' Durazo Moreno; las futuras ediciones del libro que radiografió su actuación en varios frentes, en adelante será titulado: 'Lo antónimo absoluto del blanco del antónimo absoluto del blanco Durazo Moreno'.

*En la historia universal:
Las láminas del pirata 'Barba Negra' aparecerán con el siguiente texto en la parte posterior: 'El Pirata Barba de tonalidad infinitamente más subida que el gris rata'.
Por su parte, las nuevas reimpresiones se referirán a la 'Peste Negra' europea de siglos anteriores, como... la 'Peste color lengua de ahorcado reciente'.

A todo esto, hay una pregunta a la que no le hemos encontrado ninguna respuesta advierte Tostao:

¿Por qué un blanco no se ofende cuando un no blanco lo llama precisamente así: blanco?

Y remata:

Con tantas cavilaciones, tenemos la mente en blanco, bueno, la verdad sea dicha: por tantas cavilaciones... y por haber ingerido tantas tazas de café negro, ¡perdón!, de café... color carroza de Gayosso.

c.c.p. Fox, Bush y Obama.

Blanco y negro
... o el efecto dominó.

Para todos los seres coloridos
de este país que nomás no da color.

Ignacio Ernesto Jaime Priego.
Junio de 2005.



Balas sobre Dallas

Que la mafia; que la CIA; que el FBI; que los cubanos; que los rusos, que los texanos; que los militares ’.


En ocasiones, la lluvia es sinónimo de vida, y en otras, por causas ajenas a su voluntad, de muerte.
La mañana del viernes 22 de noviembre de 1963, la ciudad de Dallas, Texas, U.S.A., amaneció rociada por una pertinaz lluvia. De haber continuado así, a la limousina presidencial le habrían puesto la capota. Mas, justo antes de que el avión presidencial tocara tierra en el aeropuerto de Love Field, la lluvia cesó y un Sol radiante abrió su abanico de rayos deslumbrantes.
Teorías acerca del asesinato del presidente Kennedy (1917-1963) van, teorías vienen; otras, desaparecen y algunas más ven la luz del día, basadas en las nuevas tecnologías acústicas, fotográficas, ópticas, cinematográficas, etc.
Pero sigue habiendo de todo, como en botica:
Un fulano de cuyo nombre no quiero acordarme, asegura que fue el chofer (el fulano, en realidad, confundió el reflejo del Sol sobre el cabello del copiloto, Kellerman, con un arma disparada por el chofer, Greer); otro, sostiene que los culpables fueron los extraterrestres; otro más, que el autor intelectual y material fue el propio gobernador Connally, tapando el arma homicida con su sombrero blanco de ala ancha y disparando a discreción en el momento preciso, autoinflingiéndose incluso algunas heridas para no despertar sospechas. Y así como esas hay otras teorías que no deseaba comentar pero que menciono por si acaso (hay una en la que se asegura que el disparo fatal provino de las coladeras; otra, que fue un dispositivo criminal instalado justo detrás del presidente, debajo de la cajuela del vehículo que de súbito se desplegó y disparó, como sucede en las películas de James Bond).
Por otro lado, aún hay creyentes convencidos de la teoría del asesino solitario y la bala mágica, como Dale Mayers, quien asegura que Lee Harvey Oswald actuó solo y que él (Lee Harvey) realizó los tres disparos, ni uno más, desde el 6º piso del entonces Depósito de Libros Escolares de Texas, hoy Museo Kennedy, o algo así. Mayers afirma categóricamente que la bala mágica no es una teoría fantástica, sino un hecho consumado. Y el Sr. Mayers no acepta ninguna otra postura al respecto; basa su hipótesis en los cuadros 222, 223 y 224 de la película Zapruder, en donde afirma que la película muestra el momento preciso donde ambos hombres reaccionan a la par al sentir la presencia de un cuerpo extraño atravesándoles cuello (Kennedy) y espalda, Connally).
Otros, en cambio, como Bob Harris, afirman que no, que el señor Mayers juega con las verdaderas distancias entre Kennedy y Connally dentro del vehículo fatal, y con los ángulos y las inclinaciones, a su antojo. Don Bob sostiene además que al menos hubo dos tiradores y, cuando menos, cuatro disparos, realizados éstos desde el Daltex (edificio vecino al Depósito), y desde el llamado Grassy Knoll, amén de que la supuesta bala mágica no es más que un cuento chino. Este Sr. tampoco acepta nada que no concuerde con su punto de vista. Apoya sus razonamientos en las películas tomadas por Tina Towner (dañada o editada por el FBI en siete cuadros clave… ¿el primer disparo, tal vez? Difícil de saber). Lo mismo sucede con el film tomado por Robert Hughes ese fatídico mediodía, dañado ‘casualmente’ justo cuando el vehículo comienza a virar hacia Elm Street, teniendo de costado el Texas School Book Depository y el Daltex, a sus espaldas.
Están también los científicos que han estudiado hasta el hastío el llamado crimen del siglo, como un tal Ken, que ha dedicado gran parte de su vida al análisis de algunos cuadros de la película Zapruder, y al entorno que rodeaba Dealey Plaza ese día en particular, midiendo tiempos, grados, ángulos, distancias, lugares, líneas paralelas e inclinaciones, respaldándose siempre en la exactitud matemática y en la precisión geométrica (sin embargo, como se verá más adelante, falla inexplicablemente al tratar de ubicar, dentro de los cuadros numerados de la película Zapruder, la famosa y correspondiente fotografía de James Altgens).
Y alrededor del magnicidio hay fotografías, y sospechosos, y películas, y testigos, y declaraciones.
De entre todo ello, lo más rescatable, desde mi perspectiva, se reduce a dos dudosísimos elementos, ambos ópticos:

La película Zapruder, y la fotografía Altgens, justamente.

Hasta el día de su muerte, Abraham Zapruder sostuvo que él filmó el avance de la limousina desde que ésta, viniendo sobre la calle Houston, viró a su izquierda sobre la calle Elm, dejando a sus espaldas el edificio Daltex (señalado como el nuevo punto desde donde se efectuaron los disparos), y a su derecha el Texas School Book Depository (el nido de Oswald, según las conclusiones de la Comisión Warren, en 1964).
Desgraciadamente, la película Zapruder que todos conocemos… al parecer está editada. La que hemos visto en el internet los simples mortales, o mejor dicho, la que las altas esferas nos han dejado ver, comienza mostrándonos a dos o tres motociclistas dando vuelta hacia Elm Street. Segundos después aparece la limousina avanzando ya de lleno sobre dicha calle, como si hubiera aparecido de pronto, de la nada (cuadro 133). No vemos justo cuando inicia su viraje viniendo sobre la calle Houston (algunos teóricos afirman que ahí fue donde se escucharon los primeros disparos; por eso el daño a los cuadros de las películas de Towner y Hughes).
Se ha dicho hasta el cansancio que las altas esferas gubernamentales de aquellos ayeres ordenaron la manipulación de algunas escenas de los mentados cortometrajes, por mostrar éstos posibles evidencias incriminatorias, como una conspiración.

La película y la limousina continúan avanzando.
Sus seis ocupantes se muestran tranquilos. Tres coches oficiales los siguen. El Sol los cubre a todos con su velo de luz. Las vallas humanas aplauden el paso de la comitiva. Jackie le sonríe a la multitud. John Kennedy saluda. Poco antes de desaparecer tras un anuncio callejero, el presidente Kennedy alza su mano derecha y mira hacia ese mismo lado, sonriendo (cuadros 160-202).
Unas fracciones de segundo adelante, el famoso anuncio Stemmons way se traga al vehículo y a sus ocupantes. Al hacerlo, evita el contacto de la cámara con los pasajeros del automóvil Ford Lincoln Continental modelo ’62, placas GG 300. Detrás del anuncio sólo alcanzamos a ver la punta del gorrito rosa mexicano de la entonces primera dama de aquel país, y un fragmento de la resplandeciente y amplia frente del gobernador texano John Connally, quien mira hacia el frente. Cuando el vehículo oficial comienza a emerger detrás del anuncio, primero vemos los parpadeantes y rojizos fanales delanteros y las banderitas que ondean a los flancos del vehículo azul oscuro (cuadro 210), luego aparecen el copiloto y el chofer (Roy Kellerman, y William Greer, respectivamente), el gobernador Connally y Nelly, su mujer (cuadro 223), luego Jackie Kennedy, y entonces, el presidente. Y es ahí cuando vemos algo dramático: en un acto reflejo, John F. Kennedy se lleva ambas manos a la altura de la garganta (cuadro 226) mientras que en el rostro de Connally se desdibuja una mueca de dolor. El automóvil continúa avanzando. Nelly Connally mira al presidente. Con su mano derecha, el primer mandatario trata de tapar el agujero que le abrió la bala en la garganta, para así poder respirar y al mismo tiempo, detener la hemorragia, mientras que con la izquierda procura aflojarse la corbata, en un desesperado intento por permitir y facilitar la entrada de aire a sus lacerados pulmones.
Como no entendiendo del todo la situación, la enguantada mano izquierda de Jackie se posa suavemente sobre la muñeca izquierda de su marido (cuadro 253), como para preguntarle qué le sucede, o como para llamar su atención. Aún no sabe que su marido agoniza. Zapruder sigue filmando.

Un segundo después de que ese primer disparo resonara, cuando ambos brazos del presidente Kennedy ya han iniciado su ascenso hacia la garganta, y a varios metros frente al automóvil presidencial, el fotógrafo James Altgens bajó de la banqueta y disparó su cámara, congelando ese momento para siempre. La limousina parece ir directo hacia él. La llanta delantera izquierda pisa un buen tramo de una de las líneas limitantes blancas dibujadas sobre el asfalto. La mano izquierda de John F. Kennedy ya está a la altura de la garganta, en su intento por aflojar la corbata, es decir, acaba de recibir un impacto de bala. La mano izquierda de su esposa está a punto de apoyarse sobre el trajeado brazo de su marido. Detrás del vehículo presidencial, los guardaespaldas miran hacia atrás y hacia el presidente. Los motociclistas, atónitos, a ambos lados del vehículo, reaccionan igual. La instantánea además revela a John Connally en el proceso de girar la cabeza hacia su derecha, tratando de ver a su distinguido visitante.
El automóvil prosigue su marcha, como el lenta procesión. La mano derecha del presidente de los Estados Unidos comienza a descender, quizá comprendiendo que todo es inútil. Su rostro, adusto y pálido, mira hacia abajo y no proyecta emoción alguna. Zapruder logra captar todo ese drama. Ahora el presidente Kennedy comienza a dejarse ir hacia la izquierda, hacia su mujer, como buscando su regazo en busca de protección. Todo esto sucede no antes del cuadro 252 de la famosa película (invalidando la teoría de Ken en la que afirma que la fotografía tomada por James Altgens es la equivalente al cuadro 210 de la película Zapruder, lo que no es posible, ya que las manos de Jackie jamás tocan al presidente entre los cuadros 133 y 258, o quizás, algunos más adelante).
La película sigue corriendo, en un set verdaderamente escalofriante. El coche avanza, a su alrededor vemos el verdor del pasto, y personas borrosas, y sombras largas, fantasmagóricas, y postes de luz. Ambas mujeres, conscientes de la situación, tratan de reconfortar a sus respectivos cónyuges. Nelly Connally recuesta al herido gobernador sobre su regazo. Las rosas rojas y amarillas se agitan entre ambas parejas.
El coche presidencial parece aminorar la velocidad hasta llegar casi al alto total, y ahora éste pasa justo frente al albo pedestal donde Abraham Zapruder lleva media hora de pie, sólo que ahora continúa oprimiendo el gatillo de su cámara.
Y de pronto… la cámara nos muestra lo inenarrable: la cabeza del presidente Kennedy se convierte en una masa rojiza de sangre, tejidos, humo, hueso, cabello y cortezas (cuadro 313). Una especie de globo inflado, rojo, se le desprende del cráneo y reposa sobre su mejilla derecha. El presidente luego realiza un rápido movimiento hacia adelante, seguido de un brutal chicoteo hacia atrás y hacia su izquierda. El globo rojo refulge bajo el Sol. La bala ha hecho su demoledor trabajo. La cabeza de John Kennedy es una calabaza partida en dos. La limousina cobra velocidad y se abalanza hacia el túnel, rumbo al Hospital Parkland. Jackie, al ver un pedazo de materia craneal color rosa aterrizando sobre la cajuela de la limo, hace esfuerzos por recobrarlo (cuadro 343) y por mantenerlo en su mano enguantada. El guardaespaldas Clint Hill se trepa a la limousina por la parte trasera para escudar a Jackie y al moribundo presidente con su cuerpo. Zapruder sigue filmando. Pocos segundos después, la limousina desaparece al ingresar al túnel (cuadro 470). Atónito, al perder contacto con el vehículo, Zapruder deja de oprimir el gatillo de su cámara.

Si alguien decidiera reabrir la investigación y lograra reubicar la limousina en el sitio exacto que nos muestra la fotografía de Altgens, y además establecer el cuadro paralelo preciso en la película Zapruder (no es el 210, eso es un hecho comprobable, sino uno entre los cuadros 253 y 280, según mis cálculos), podría abrir una rendija más que acerque al pueblo norteamericano a la verdad en esta exhaustiva investigación que está a punto de cumplir sus primeros 50 años de vida.
No se me ocurre otra cosa.
Bueno, sí, pero, es algo fantasiosa:
Quizá en un futuro no muy lejano, cuando la tecnología óptica nos permita hacer cosas que hoy ni siquiera imaginamos, y más nos vale que sea antes de que algún meteorito a la deriva cósmica desintegre nuestro planeta con nosotros dentro, algún estudioso del tema Kennedy logre conseguir y luego sumergir una copia íntegra de la película Zapruder (hay quien asegura que existe un par de copias así en algún lugar del mundo: sin cortes, sin ediciones, sin manchas extrañas ni rayones bizarros en cuadros de vital importancia) en un líquido maravilloso y luego, una vez impregnada con ese mágico elíxir, pueda montarla en un súper proyector de última generación al que el operador ya le ha programado dos únicas pero contundentes tareas:
1.- Que la película corra en cámara ultra lenta.
2.- Que todos los objetos metálicos que superen los 200 kilómetros por hora (balas, básicamente, con especial énfasis en las disparadas por un rifle Mannlicher Carcano, como el que supuestamente utilizó Oswald ese día), vayan dejando tras de sí y a simple vista, una fina estela color rojo intenso y brillante. Las trayectorias quedarían al descubierto.
Sencillo, ¿no?
No habría más que contar las diminutas líneas rojas que nos fuera mostrando la pantalla para saber, sin temor a equivocarnos y de una vez por todas, cuántos disparos resonaron ese día en Dealey Plaza bajo el Sol texano, de dónde salieron éstos, y su punto preciso de impacto, para constatar si hubo o no, la tan cacareada pero nunca confirmada… conspiración.

Balas sobre Dallas

Ideas sueltas para resolver un crimen aparentemente bien amarrado.
Y que conste que no llevo comisión, como Warren.

Ignacio Ernesto Jaime Priego
Enero de 2010 

sábado, 22 de enero de 2011

Paso sin ver

Un par de semanas atrás, digo, para estar a tono con el tema, un amigo mío de recién ingreso a las huestes matrimoniadas me comentaba:
– ¿Cómo puede un hombre preferir el tormento de un juego de naipes… al placer de estar con una mujer?
– Ambas actividades son casi idénticas – le respondí. Y claro, al no ver y mucho menos encontrar rastros de coherencia en mi respuesta, me exigió una explicación.
Y mal que bien, traté de ofrecérsela:

– Casa y casino – le dije, para abrir boca, y me seguí de filo...
Casa; el hogar de uno. Casino, el hogar del jugador.
El casado, casa quiere; el jugador, casino quiere.
Casino: del italiano casa pequeña, elegante; local donde se practican juegos de azar, amén de cruzarse apuestas.

Cada quien habla según le fue en la feria del amor, o según le fue con su feria, si es que se sentó a jugar una manita de póker.
Amor y póker.
Dos actividades muy humanas y a veces muy inhumanas, ambas tan aparentemente ajenas la una de la otra, y sin embargo… ¡tan ligadas entre sí!, como las últimas jugadas del cuarto tiempo de un partido de fútbol americano; tan parecidas la una a la otra como dos gemelas gringas, rubias, pecosas y con frenos en los dientes, o como dos oficinistas chinos en el Metro de Beijing, o como dos piedras de pueblo en camino rural, o como dos mexicanísimos informes de gobierno, incluso de diferentes funcionarios, en diferentes estados, sexenios… y siglos.
Y al decir amor no quiero decir matrimonio exclusivamente, sino que incluyo a todos sus anexas: noviazgo foráneo, arrejunte cutáneo (ya sea de común acuerdo, o forzado), amasiato coterráneo, free mediterráneo, antojo momentáneo, flechazo instantáneo o calentón espontáneo.
Amor y póker.
¿Que en qué me baso para dar por buena y con tanta vehemencia la supuesta afinidad entre ambas actividades?
Pues ni más ni menos que en la experiencia personal.

Vayamos pues, a los hechos:

Las apuestas

Éstas son fundamentales en el póker.
– Habla la Dama.
La Dama apuesta 5.
– El 10, va, y revira  (es decir, paga y vuelve a apostar) 20.
– El 8 paga 25.
Si no hay apuestas, no hay juego, y si no hay juego, pues no hay nada.

Y en el amor también hay apuestas.
– ¡Cuánto te apuestas a que el estéril y tarado de Bulmaro sí se casa con Rogaciana, embarazada de Willy!
O…
– ¡Te apuesto lo que quieras a que la buenérrima novia del eyaculador precoz de tu primo le pone el cuerno con ‘el Búfalo’ en la fiesta del próximo sábado!, si nomás hay que verle la cara a la damita en cuestión.
O…
– Apostaría media vida a que acabo de ver a mi vecina Ruth, la casada, entrando a ese hotel con su jefe.

La esencia

Como todos sabemos, el póker es un juego de cartas: 52, para ser exactos (sin contar comodines, jokers).
La llamada baraja americana consta de 52 cartas o naipes distribuidos en cuatro palos (corazones, diamantes, tréboles y picas), dos rojos y dos negros.

En el póker, cada jugador pone su entrada, por orden, cada jugador paga o no lo apostado por los demás, con el derecho a revirar, es decir, a aumentar la apuesta inicial. Entradas y apuestas son colocadas justo en el centro de la mesa. A esa cantidad de fichas se le denomina… la polla. Todos los jugadores desean quedarse con la polla. Ese es el chiste del juego: quedarse con la mayor cantidad de pollas posibles durante la partida, ésta generalmente nocturna.
En el amor… todos vamos tras las pollas, tras las pollitas (sobretodo últimamente, que están saliendo bastante liberales); y ellas, también van sobre la polla… sobre todo las españolas.
¿Miento acaso?

Los palos

Obviamente, los cuatro palos están inspirados en el amor:
–¿Picas? – le pregunta o al menos le insinúa el hombre a la mujer, y en ocasiones la mujer al hombre.
– Claro que sí, pero para que mi corazón y todo lo demás te pertenezca, primero debo lucir unos preciosos diamantes en el cuello – aclara ella.
Todos los días, las damitas sueñan con encontrar el trébol de cuatro hojas (los cuatro palos de la baraja) que les haga el milagrito.

Las cartas

Cada palo está integrado por trece cartas: un As, un 2, un 3, un 4, un 5, un 6, un 7, un 8, un 9, un 10, un Jack (Caballero), una Queen (Reina) y un King (Rey). De todas, sólo el As corre arriba y abajo; lo mismo sucede en la vida real, en donde los ases, ya sea del volante, del fútbol, del cine o de los negocios, por mencionar cuatro actividades, corren arriba y abajo, generalmente persiguiendo Damas, de Corazones y de Diamantes, en busca de la tan ansiada Pica.
– ¿Pica usted, mi lady – preguntó el As de los torneos medievales a la Dama, aprovechando que el Rey andaba en una corrida, a lo que la Dama contestó – ¡Que fue del romance! As de quinta, déjeme aspirar al menos una flor, y luego hablamos.

Bueno, pues el amor también es un juego de cartas… al menos lo era hasta antes de la llegada del e mail, messenger y demás artilugios cibernéticos cuya velocidad de respuesta está dejando sin inspiración a tanto poeta y romántico, y sin empleo a tanto cartero (oficio a punto de ser considerado Historia antigua).
¿Quién no recuerda con cierta nostalgia cuando incluso uno mismo esperaba con ansia desbordada el tradicional y callejero silbatazo que nos anunciaba la inminente llegada, o del cartero, o del afilador de cuchillos?, y cuando efectivamente era aquél y no éste, el corazón nos trotaba en el pecho como percherón en exhibición. Nos sentíamos como Reyes del mazo porque nos había escrito nuestra Reina de corazones, nuestra media naranja (en ocasiones media toronja o media sandía, dependiendo de los impulsos taqueros, torteros, garnacheros, botaneros y fonderos de la susodicha).
Impávidos, ávidos y lívidos, abríamos el sobre… y sobres, a leer la carta, escrita con su puño y letra. ¿Podía existir más romanticismo?

Las fichas

El póker es un juego de fichas, de todos colores, formas y valores, fichas que irán pasando de mano en mano a lo largo de la partida; la cosa es comprar pocas y ganar muchas: todas, si es posible, y sí es posible. Las hay de 1, de 5, de 50, de 500, de 1000, y hasta de 10,000 pesos (o dólares, o euros), o más.
En el amor también… ¡se topa uno con cada fichita, y en qué forma!, y al igual que en el póker, también van pasando de mano en mano… y de cama en cama, y también las hay de 1, de 5, de 50, de 500, de 1000, y hasta de 10,000 pesos o más.
¿Voy bien o me regreso?

Los valores

En el póker, el juego más bajo de cinco cartas se llama Pachuca, en el que el jugador no liga nada, si acaso una carta mayor.
El peor de los juegos, la peor de las Pachucas… es esta: 2, 3, 4, 5, 7  (lógicamente de diferente palo y tras haber realizado el cambio de cartas). Esto quiere decir que si a usted le sale, ese 7 (que es su carta mayor) tiene muy pocas, por no decir nulas, posibilidades de llevarse la polla, es decir, de derrotar a los demás jugadores, que al menos tendrán un 8, suficiente para ganarle a usted. Por eso al que le sale dicha Pachucota, y de puro coraje, se echa un ‘Hidalgo’ – de un solo trago – de aquella bebida que esté ingiriendo en ese momento (generalmente tequila).
Y en el amor, los recién casados que por no tener dinero pertenecen a los extractos más bajos de la sociedad, casi por lo general tampoco ligan nada interesante (si acaso a alguien mayor), por lo que pasan su luna de miel en la casa de alguna tía en Pachuca, Hidalgo.
¿O no es así?

En el póker, existe el par, que es cuando el jugador liga al menos dos cartas de idéntica denominación: 2 doses, 2 dieces, dos ases. Y si un 8 mata a un siete, por lógica un par mata a una Pachuca, es decir, par mata Pachuca.
En el amor también existe el par. Ya en Pachuca, y a solas en su noche de bodas, la pareja se desvive en piropos, atenciones y exageraciones propias del reino vegetal, sacándose ases de la manga:
– Qué par de pencas tienes, Cayetano… y si así están las hojas, ¡ya me imagino cómo estará el tallo!
– A tus órdenes Cornelia, mi Reina, y tú, qué par de tepalcuanas,… y si así está la avenida, ya me imagino cómo estará el Palacio Municipal.
– Pos ándale, picarón, atáscate ora (sic) que hay lodo, modo, y de todo.
Y así, de par en par (qué par de tompiates, qué par de cachetotes, qué par de lolas, etc.), el par de melosos, fogosos y golosos se la pasa a todo dar, al menos esa noche.

En el póker existen los dos pares, que es cuando al jugador le tocaron 2 sietes y dos doses, por decir algo.
En el amor también. Por lo general, los recién casados se llevan dos pares de ropa interior y de calcetas, para que sus respectivos cónyuges crean que contrajeron nupcias con alguien más o menos pudiente.
Y luego, como a eso de las tres de la madrugada.
– ¿Dijistes (sic) algo, Cornelia?
– Sí, que ya le pares, ya llevamos dos y eso que nos acabamos de acostar, Cayetano, nos va a oyír (sic) la tía Prudencia.
– Es que ando rete jarioso.
– ¿Mááááás?... con razón pedistes (sic) doble ración de ostiones.
Los dos pares matan al par.

En el póker existe la tercia, que es cuando un jugador liga tres cartas de idéntica denominación: tres Damas, tres cuatros, tres Reyes, etc.
En el amor también, y ésta la completan o la suegra, o la mejor amiga de la esposa, o la comadre en última instancia la que casi siempre tercia cuando se presenta algún problema entre los pichones, y todo porque al infeliz le pusieron un cuatro y cayó redondito, como ficha.
La tercia mata a los dos pares.
En el póker existe la corrida, que es cuando el jugador logra ligar cinco cartas ascendentes y seguidas, sin importar el palo: 2, 3, 4, 5;… 7, 8, 9, 10, J;… 9, 10, J, Q, K.
En el amor, tarde que temprano, uno de los integrantes del dueto enfrentará la corrida que, por ser la primera de la temporada grande, será temporal.
– Te me largas, desdichado.
– Bah, ¿pos ora? ¿Se puede saber por qué?
– ¡Además de infiel, cínico!... me partistes (sic) el corazón, Clodomiro.
La corrida mata a la tercia.

En el póker existe la flor, que es cuando el jugador logra cinco cartas del mismo palo, aunque no sean seguidas: 2, 5, 9, J y A de tréboles, por ejemplo.
En el amor también. Al día siguiente de la fenomenal corrida, el corrido correrá a la florería más cercana para comprar (de fiado, claro) un finísimo ramos de rosas rojas o un súper arreglo para enviárselo de inmediato a su amada, con el fin de ganarse su perdón. ¿Lo hace por amor? ¿Por arrepentimiento sincero? ¿Por respeto a la dignidad de su media naranja? ¿Por salvar su matrimonio? No, más bien por no tener dónde dormir ni comer, pero sobre todo, por no tener dónde ver el fútbol los domingos y entre semana, cuando hay doble jornada, o campeonato europeo.
– ¡Archibaldo! ¡Qué lindas flores!, te han de haber costado una fortuna, mi Rey.
– Tú te lo mereces todo, mi Reina. ¿Ya me perdonastes (sic)?
– Ya, tontuelo, pero no lo vuelvas a hacer.
– ¡Cómo pasas a creer!
La flor surte el efecto deseado y el infiel regresa al nidito de amor, prometiéndose ser más cauto la siguiente vez que salga con alguna amiguita de ocasión.
La flor mata a la corrida.

En el póker existe el full, que es cuando el jugador liga una tercia y un par. Tres ases y dos Reyes, por ejemplo, llamado full mayor.
En el amor también se presenta esta jugada.
– ¿Sabes qué, Ponciano?, me tienes hasta el full… ¡me voy de la casa!, ¿dije casa?, ¡me voy del departamento de interés social!
– Como tú quieras, Brígida, a mí tu madre también me tiene hasta el full y aquí sigo, aguantando vara.

En el póker existe la jugada que le da nombre a todo el concepto lúdico: el póker, que es cuando a un jugador le salen 4 cartas iguales: cuatro Ases, cuatro cincos, cuatro nueves, etc.
En el amor también, en especial cuando la esposa, la novia, la querida y la amiguita ocasional del querubín le ponen un 4.
El póker mata al full.

En el póker viene la flor corrida, que es cuando al jugador le salen cinco cartas seguidas, y además, del mismo palo: 7 de picas, 8 de picas, 9 de picas, 10 de picas J de picas.
En el amor también. La segunda vez que Jacinta cacha a Cleodomiro en la movida, ésta lo corre, aunque el interfecto le llene la recámara de flores, así tenga que pedir prestado.
La flor corrida mata al póker.

En el póker viene la quintilla, que es cuando al jugador le salen cinco cartas de la misma denominación: 5 ochos, 5 dieces, 5 Reinas, etc.
En el amor también. Recordemos que el término quintilla deriva de quinto. Al llegar la quincena, el pobre marido no tiene ni quinto, es decir, se encuentra en la quinta chilla; ya son varias las quincenas que debe, gracias a las partidas anteriores, y así, de partida en partida, se le va partiendo la cartera, luego la relación y finalmente la vida, hasta llegar al quinto infierno.
La quintilla mata a la flor corrida.

Por último la jugada más alta: la flor imperial, que es cuando al jugador le salen estas cinco cartas, exclusivamente: 10, J, Q, K A, del mismo palo.
En el amor, casi no se da esta jugada; ésta se presenta cuando, tras 50 años de matrimonio, el amantísimo esposo, tras regalarle un súper e imperial arreglo floral a su mujercita, le pide renovar sus votos matrimoniales… ‘por otros 50 años de amor y eterna felicidad a tu lado’… he ahí la verdadera flor imperial del amor.
La flor imperial mata a la quintilla.

Los anexos

En el póker hay comodines, es decir, cartas que pueden ser lo que uno quiera que sean. Por ejemplo, si algún jugador propone que en esa mano el 9 sea el comodín, y a usted, ya en el cambio de cartas, le salen 3 cincos y un 9, usted puede convertir ese 9 en 5, logrando así 4 cincos, es decir, un póker de cincos. ¿Quedó claro?
Y si algo sobra en el amor, son comodines, en especial cuando ya son marido y mujer.
– Oyes (sic) Antelmo, te toca lavar los platos ¿no?, notihagas (sic) que no he dormido por organizarles, comprarles, desmenuzarles, prepararles y servirles la pozoliza a ti y a tus cuates.
– Hazme el paro y lávalos tú, cielito, ¿qué no ves que estamos viendo el Súper Bowl?, y de paso vete a la tiendita por unas caguas.
– Y ya que estamos en esas, pos diunavez (sic) tráigase unos cigarros Montana lái (sic) y unos cacahuates japoneses ¿no doña? – remata cínicamente uno de los cuates del señor de la casa (el del saco a cuadros, ése que está echadote en el family seat del minúsculo cuarto de la tele).

En el póker se paga por ver.
En el amor también. Trate usted, caballero, de entrar a un table dance a ver ‘de a grapa’. Imposible; hay que pagar por ver, y aún mucho más si a uno le dan ganas de tocar, de palpar, de ligar el par de melones de alguna de las Damas ahí presentes (me refiero a las del tubo, claro).

Tampoco podemos olvidar que el póker se juega sobre el llamado ‘tapete verde’.
El amor también, en especial en ciertos momentos, como cuando los recién casados regresan de la luna de miel y deciden visitar a los papás de ella. Él – para seguirle el juego a ella y a ellos – entra en confianza, y al sentirse como en su casa se pone un tapete de nevero michoacano; la mujer y sus padres se van poniendo verdes de la sorpresa, del estupor, del coraje, de la muina, del disgusto, mientras ven cómo el fachoso y desparpajado peor es nada de su hija, cuba en mano, baila arrítmica y despreocupadamente sobre la mesa del comedor, gesticulando, produciendo y emitiendo tremendos sonidos guturales como de hipopótamo en brama, desabrochándose el saco, la corbata y el cinturón, pisoteando los frijolitos, el guacamole y el chicharrón, cantando más desafinado que el finado Valentín Elizalde, amenazando con vomitar una sustancia verdosa, apestosa y pegajosa justo sobre el tapetito que papá suegro le regaló a mamá suegra cuando cumplieron 30 años de casados.  

Puedo afirmar categóricamente que en el póker hay mucho bluff, que es esa estrategia que utiliza un jugador cuando trata de impresionar a sus rivales, haciéndoles creer que tiene mucho más de lo que se le ve a simple vista; para reforzar su posición; dicho jugador apuesta fuerte.
– Pues mi punta de corrida… (el jugador tiene destapados un 2, un 3, un 4 y un 6, por lo que haría falta un 5, pero en la mesa ya hay tres a la vista)… le manda 10,000 a la tercia de ases – dice mientras contempla su única carta tapada, un espantoso 8 de corazones que no le sirve absolutamente de nada, excepto para poner a pensar al que tiene los tres ases, que finalmente ligó full de ases con sietes, por lo que reventará al autor del bluff en unos momentos más.
– Tus 10,000… y tu resto.
¡Tómala barbón!

En el amor también existe el bluff:
Que yo tengo un rancho; que a mí el dinero no me interesa. Que yo gano 150,000 pesos al mes, pero me pagan en euros. Sí, ahá. Que yo soy dueño de fábricas; que yo no me fijo el en físico, sino en el espíritu, en el carácter, en el yo interior de las personas, en su forma de pensar, dijéramos, en su madurez mental, en su status psíqueum. Sí, cómo no.

Resumen

Y así, en el póker y en el amor… se sienta uno; baraja uno; parte uno; reparte uno; pone juego uno; pasa uno (a veces sin ver); apuesta uno; revira uno; engorda la polla uno; le engordan la polla a uno; se lleva la polla uno; divide la polla uno; se adelanta uno; se resta uno; pierde uno; se repone uno; paga uno; se retira uno; espera la revancha uno.

Fin de la partida

Finalmente, y para cerrar esta manita, esta partidita, déjenme decirles que en el póker uno se la pasa comprando lotes, o grupo de fichas, por lo que hay que tener mucho dinero.
En el amor, también, sólo que por lo general son lotes baldíos, muy retirados entre sí, en dónde acomodar a la esposa, a la novia a la amante, a la amiguita ocasional, etc., (por lo que también hay que tener mucho, pero mucho dinero).

Conclusión personal
Desgraciadamente, en el póker y en el amor, cartera mata todo.

Paso sin ver

Dedicado a ese juego entre Reinas de corazones
y Reyes de diamantes llamado… vida.

Ignacio E. Jaime Priego
Enero de 2008